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EL CASTIGO: NI NECESARIO NI SUFICIENTE

El castigo es una forma de disciplina de uso frecuente y es aceptado sin cuestionar en distintos entornos educativos, bien sean escolares o familiares. Con esta acción, los educadores ejercen presión sobre el niño o adolescente buscando poner fin a una conducta considerada como incorrecta y pretendiendo añadir un aprendizaje sobre aquello que no se debe hacer. En este propósito, algunas personas incluso piensan que un azote aporta beneficios frente a los posibles costes, pudiendo caer, de este modo, en la trampa de aplicar el castigo físico como precio que el niño tiene que pagar ante una conducta inadecuada.Mar Gallego Sin embargo, pese a la intención de corregir, lo más probable es que el niño centre más su atención en el daño que ha recibido que en la conducta por la que se le ha castigado. Las repercusiones, además de minar la autoestima del niño, le inclinan a un tipo de interacción basada en la violencia y en absoluto exponen al niño a una experiencia educativa.

Algunos niños plantean un comportamiento que supera la capacidad de respuesta de los educadores, provocando un aumento en la frecuencia de disciplinas punitivas a fin de conseguir un mayor control sobre el comportamiento del niño. Esto genera un círculo de coerción en el que el castigo se convierte en un método habitual y aunque es posible que en muchos casos se obtenga una respuesta rápida por parte del niño, es casi seguro que volverá a cometer la conducta por la que ha sido castigado. En estas situaciones, el aprendiz muchas veces se adapta al castigo y éste pierde efectividad promoviendo que los educadores aumenten cada vez más la severidad del mismo. En este punto habrán perdido la perspectiva de que el único camino para conseguir que el niño se porte bien es recompensar la conducta positiva.

En el castigo el niño es un agente pasivo cuyo papel es sobrellevar las circunstancias, los adultos dirigen una situación en términos de consecuencias negativas en la que el niño entenderá lo que no ha de hacer pero muchas veces no está siendo instruido acerca de lo que debe hacer, por lo que no generará alternativas al hecho por el que ha sido sancionado y repetirá el mismo comportamiento. Por otro lado, mediante el castigo, al pretender corregir una conducta que estimamos inapropiada estamos dando una respuesta que también lo es, puesto que, con frecuencia, está cargada de hostilidad tanto en la forma como en el estado y respuesta emocional que acompaña a los educadores en la imposición del castigo. Las repercusiones del castigo tienen consecuencias cognitivas y afectivas, a veces, sin pretenderlo, se genera una hostilidad permanente en el niño hacia los educadores levantando una barrera que impedirá la proximidad necesaria para una convivencia armónica.

Los educadores que opten por el castigo deberán tener en cuenta que éste siempre conlleva emociones negativas en el niño. Considerar una educación sin castigos es posible, requiere la intención firme de evitar la aplicación de una disciplina adversa en momentos de tensión, trabajar con constancia una comunicación respetuosa y adquirir estrategias positivas de solución de conflictos que verdaderamente enseñen, todo ello permitirá seguir una dinámica que fomente un desarrollo favorable tanto del niño como de nuestra relación con él.

Mar Gallego Matellán

Last modified on Martes, 15 Noviembre 2016 12:09